Una genia la abuela de Campi

Hay recuerdos que se guardan bajo llave, pero otros son tan buenos que merecen ser compartidos con una carcajada de por medio. Esto es precisamente lo que pasó en el programa Pasa de Todo (del canal de streaming Blender), donde el humorista Martín «Campi» Campilongo sacó a relucir una joya de su archivo familiar. Con esa chispa que lo caracteriza, recordó a su abuela no con nostalgia solemne, sino con la sonrisa de quien sabe que descendía de una verdadera «maestra del humor».

Una situación para alarmarse… o no

La historia comienza con una llamada de esas que te ponen los pelos de punta. La tía de Campi, desesperada, llama a su hermano Roberto (el papá del humorista) con una noticia preocupante: «Vení rápido, porque mamá no me está reconociendo».

Imagínense la escena: Roberto llega a la casa a las corridas, entra al living y encuentra a su madre sentada, muy tranquila, con su hija (la tía de Campi) enfrente, llorando a moco tendido porque su propia madre la miraba como si fuera una vendedora de enciclopedias.

El diálogo del desconcierto

Para chequear el nivel de «confusión» de la abuela, decidieron hacer una prueba de reconocimiento en vivo. El diálogo, según relata Campi, fue digno de una comedia de enredos:

  • Tía (con angustia): «Mamá, por favor… ¿quién soy yo?»
  • Abuela (mirándola como a una desconocida): «No sé quién es usted, señora…»
  • Tía (desecha): «¡Ay, Roberto! ¿Viste? ¡No me conoce!»
  • Abuela (señalando a Roberto con total lucidez): «¡Ay, Roberto! Él sí, él es mi hijo… pero a usted no la vi en mi vida».

Así estuvieron un largo rato. La abuela reconocía al hijo, pero a la hija —que vivía con ella— la trataba de «usted» y le negaba el saludo. Roberto, entre la preocupación y el asombro, no sabía si llamar a la ambulancia o al registro civil.

El remate de una genia

La actuación era digna de un Oscar. La tía, ya sin consuelo, decide salir un momento de la habitación para calmarse. Es en ese instante cuando la abuela, viendo que su hija ya no escuchaba, se inclina hacia Roberto y le suelta la verdad con una complicidad absoluta:

«Ya sé que es ella… pero estaba aburrida».

¡Resulta que la abuela no tenía ni un pelo de falta de memoria! Simplemente había decidido que la tarde estaba muy tranquila y que «desconocer» a su hija era la mejor forma de pasar el rato y divertirse un poco.

Este relato de Campi nos recuerda que la vejez y el humor pueden ir de la mano, y que a veces, una pequeña «travesura» familiar es el mejor remedio contra el aburrimiento. ¡Una genia total!

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