Durante décadas, aparecer en la televisión abierta era una meta. Llegar a un programa, conducir un ciclo, tener una tira propia o sentarse en un sillón del prime time significaba haber “llegado”. La pantalla funcionaba como legitimadora. Si estabas ahí, eras alguien.
Ese concepto hoy está roto.
La televisión ya no es el destino final. En muchos casos, es apenas una escala más. A veces, ni siquiera eso.
Cuando la TV marcaba jerarquías
Hasta entrados los años 2000, la televisión ordenaba el ecosistema del espectáculo. Los actores querían ficción. Los conductores querían su programa. Los panelistas soñaban con su propio espacio. Todo giraba alrededor de la pantalla.
La visibilidad tenía una lógica clara: primero el teatro, después la tele, más tarde la consagración. El rating era la vara. El horario, el rango. El canal, el prestigio.
Había figuras grandes, medianas y chicas. Y todos sabían en qué lugar estaban.
El quiebre silencioso
El quiebre no fue un día puntual. Fue progresivo y, en parte, negado por el propio sistema. La caída del rating, el envejecimiento de la audiencia y la repetición de formatos empezaron a vaciar de sentido esa jerarquía.

La televisión siguió funcionando, pero dejó de marcar tendencia. Empezó a reaccionar tarde. A copiar lo que pasaba afuera. Invitar a figuras que ya eran famosas por otros motivos.
El orden se invirtió.
Las redes como nuevo escenario principal
Hoy, muchos llegan a la televisión después de haber construido una audiencia en redes. No al revés. La fama ya no se fabrica en un estudio, sino en un celular.
Un influencer con millones de seguidores puede pasar por la TV sin que eso le cambie la vida. En algunos casos, incluso le resta. La exposición ya no suma automáticamente prestigio.
La pantalla dejó de ser aspiracional. Para los más jóvenes, es apenas una ventana más.
Programas sin peso simbólico
El otro síntoma es el contenido. Programas que duran meses, cambian de nombre, de horario, de formato, sin dejar huella. Conductores que rotan, paneles intercambiables, temas que se repiten.
La televisión sigue produciendo horas, pero no produce mito. Ya no instala figuras a largo plazo. No crea identidad.
Todo es reemplazable. Todo es provisional.
Estar no es llegar
Hoy alguien puede “estar en televisión” y no pasar nada. Ni crecimiento, ni consolidación, ni carrera. Solo presencia.
Eso antes era impensado. La TV era un punto de llegada. Hoy es, como mucho, un complemento.
El problema no es la televisión en sí. Es creer que todavía ocupa el lugar que ya perdió.
La pantalla sigue encendida. El poder, no.
